Estamos echados en el brillante piso de parquet de mi cuarto mirando las marcas de agua del techo. Te acabas de comprar un discman azul, y de pronto decides colocar uno de los audífonos en mi oído izquierdo. No hablamos. Está a punto de anochecer y empieza la canción. Sabes que nunca me ha gustado tu grupo favorito y te has pasado meses explicándome por qué debería gustarme tanto como a ti.
Es una de las más lentas de la banda. Reconozco al instante aquella particular voz del vocalista. Volteo a mirarte y tú me agarras una mano. Cantas todas las frases en silencio. Y ya no puedo negar que la canción es genial. Me convences por fin. Nunca será mi grupo favorito. Es, sin embargo, una de las mejores canciones que he escuchado en mi vida.

